lunes, 17 de diciembre de 2012

Fincas al occidente de la Sabana - El mirlo acuático

El pájaro de los torrentes

Mirlo acuático (Cinclus leucocephalus) - D. Sherony - 2010
Una de las aves más interesantes que he visto en mi vida es el mirlo acuático (Cinclus leucocephalus). Este pájaro regordete está adornado con un plumaje blanco y negro; su pico es pequeño y sus patas son largas y fuertes, ayudando a sostener al ave en las rocas que se encuentran a lo largo de los cursos de agua. El mirlo acuático pertenece a una pequeña familia de aves, los cínclidos, que están completamente especializados en la vida al lado de corrientes de aguas frías y transparentes. ¡Algunas especies incluso pueden bucear! Nuestro mirlo acuático suramericano se arriesga un poco menos y normalmente no desaparece bajo el agua; más bien, va de piedra en piedra, mojándose un poco las patas, bajando hasta el nivel del agua para picotear los pequeños animalitos que hacen parte de su dieta. El plumaje contrastante y los movimientos inquietos realmente le añaden una nota especial a un paisaje ya de por sí interesante, donde el agua ruge y brilla, precipitándose en cascadas y remolinos.

 

Mirlos en Subachoque

Típico torrente de montaña, con aguas transparentes
Es difícil encontrar mirlos acuáticos en los alrededores de Bogotá. Es probable que antes fueran más abundantes, cuando las quebradas llevaban más agua y ésta era limpia y cristalina. Sin embargo, la deforestación ha ido secando muchos cursos de agua y los ha ido ensuciando con sedimentos, convirtiéndolos en lugares inapropiados para la existencia de nuestro pájaro de los torrentes. El único lugar donde he podido observar mirlos acuáticos en varias ocasiones es hacia La Pradera. Allí, cerca de su nacimiento, el río Subachoque se precipita en varias cascadas y sigue borboteando corriente abajo entre las rocas, formando un hábitat ideal para algunos de los pocos mirlos acuáticos que sobreviven en la Sabana de Bogotá. La primera vez que los vi, no podía creer en mi suerte. No pensaba encontrármelos, pues no creía que todavía sobrevivieran algunos en la región. Luego los he vuelto a encontrar en sitios cercanos y me he dado cuenta de que todavía hay una población de mirlos acuáticos allí, en los cerros al occidente de la Sabana.

La vida asociada

Trucha arcoiris - E. Engbretson - USFWS
El mirlo acuático comparte su hábitat con numerosas especies de animales. Antiguamente estaba acompañado por el pato de los torrentes (Merganetta armata), ave buceadora que, al parecer, ya desapareció por completo de la Sabana de Bogotá. En las quebradas de Subachoque ha sido introducida la trucha arcoiris (Oncorhynchus mykiss), oriunda de Norteamérica. También se encuentra allí el capitán (Trichomycterus cf. bogotense), un diminuto pez emparentado con los bagres. Y, más abajo en la cadena alimenticia, una variedad de invertebrados acuáticos, larvas de efímeras, frigáneas y otros insectos que sirven de alimento al mirlo acuático y a otros habitantes de los torrentes de montaña.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Mariposas de alta montaña

¿Mariposas escasas?

Altinote trinacria, en los cerros Orientales de Bogotá
A lo largo de los años me he dado cuenta de lo escasas que son las mariposas en Bogotá y, en general, en las partes planas de la Sabana. De vez en cuando se ve una mariposa anaranjada que pasa veloz, o una amarilla o blanca que revolotea más despacio. Pero no es fácil ver más de una a la vez, ni siquiera en los sitios con más verde. Esto resulta curioso, pues en la planicie de la Sabana hay grandes fincas, parques y jardines, abundantes flores que podrían atraer a estos insectos. ¿Será que en clima frío casi no hay mariposas? Podría haber creído en esta posibilidad de no haber vivido muchos años en Subachoque, a casi 3000 metros de altura, rodeado por un variadísimo conjunto de lepidópteros de alta montaña.

 

Asociaciones vitales

Lasiophila prosymna - especie asociada al chusque
En Subachoque conocí las mariposas de una manera muy próxima: leyendo libros y criando sus orugas, aprendí cosas interesantes sobre su historia de vida. Allí me di cuenta de que muchas mariposas de alta montaña nunca visitan flores. En vez de alimentarse de néctar, estas mariposas bajan a los charcos, donde toman agua con minerales; también visitan estiércol de animales y frutas en descomposición, tomando los jugos que rezuman estas sustancias. ¡Plantar flores no atraería en lo más mínimo a muchas mariposas! También me di cuenta de que cada especie de mariposa vive asociada a una o a unas pocas especies de plantas. Y no es que la mariposa adulta se alimente de esas plantas. Más bien, son las plantas en las que la mariposa pone sus huevos, para que sus orugas nazcan allí y se nutran comiéndolas. Si la planta adecuada está, la mariposa está. Si la planta falta, la mariposa correspondiente no podrá vivir en ese lugar.

 

Un sitio para criar

Forsterinaria inornata - otra mariposa del chusque
Eso me ha puesto a pensar. Muchos de nosotros, deseosos de atraer animales silvestres a nuestros jardines, solemos pensar en ponerles comida, en sembrar plantas que les ofrezcan alimento. Pero casi nunca pensamos en que los animales necesitan criar a sus hijos y que ellos no se van a instalar en un sitio que no sea adecuado para sus crías. He llegado a la conclusión de que, para atraer muchas especies de aves y mariposas, hay que pensar muy bien dónde crían estos animales, cómo son los sitios donde crían y cómo podemos recrear estos sitios en nuestros alrededores.

 

Las plantas que llaman a las mariposas

Desde este punto de vista ¿son Bogotá y las zonas planas de la Sabana sitios aptos para que críen nuestras mariposas de montaña? ¿Qué necesitan estas mariposas? ¿Dónde crían la mayor parte de ellas? ¿Cuáles son las plantas que les gustan a sus orugas? Las respuestas son sorprendentes: las plantas más útiles para el mayor número de mariposas de clima frío son los chusques o bambúes de montaña (Chusquea spp.) A la altura de Bogotá, cerca de un tercio de las especies de mariposas presentes sólo comen chusque cuando son orugas. Otras plantas de gran utilidad para las mariposas son los injertos o pajaritos (Dendrophthora spp.), plantas parásitas que crecen sobre las ramas de ciertos árboles, a los cuales llegan a secar con los años. A pesar de que podrían parecer plagas o plantas inútiles, la verdad es que algunas de nuestras más hermosas mariposas no existirían de no ser porque estas parásitas les brindan alimento a sus orugas.
Chusque (Chusquea aff. fendleri)

Ahora bien ¿hay en Bogotá o en las fincas de la planicie chusque o plantas parásitas? La respuesta es: prácticamente no. Antes había estas plantas, pero siglos de destrucción de la vegetación natural y de su reemplazo con especies exóticas han acabado con estas especies y, de paso, con la multitud de mariposas que éstas albergaban. Ahora tenemos jardines llenos de flores surafricanas, árboles australianos, hierbas europeas. Pero casi sin mariposas. ¿Cómo volver a traerlas? Tenemos que volver a reintroducir el chusque en sitios adecuados. Quizás en grandes macetas en la ciudad, donde las invasoras raíces de esta planta puedan mantenerse contenidas. Dejando los linderos de las fincas con vegetación enmarañada, silvestre, plantando chusque allí. Tenemos que mirar con nuevos ojos los bejucos y arbustos bajos que crecen como “maleza” a orillas de los caminos, pues estos bejucos y arbustos son las plantas que sostienen a muchas otras mariposas. Si esta “maleza” no es del todo inútil, quizás podamos dejarla crecer, en lugar de pasarle la guadaña y dejar sólo césped. Si creamos los ambientes adecuados, las mariposas podrán vivir a nuestro lado.

martes, 27 de noviembre de 2012

Restauración de la biodiversidad en Sopó - Avances del proceso

Una flora empobrecida

Eucaliptos, pasto, niebla - Una escena matutina de Sopó
Hace poco menos de 2 años que me encuentro viviendo en el municipio de Sopó, Cundinamarca. El sitio es una finca dedicada a la ganadería de producción lechera, en plena planicie de la Sabana de Bogotá. Desde que llegue aquí he aprendido mucho sobre estas zonas planas; he visto cuán distintos son su clima y sus suelos de los de las montañas de Subachoque, donde crecí. Aquí no hay tierra negra; sólo arcillas que se encharcan o se compactan, según llueva o haga sol. El fantasma de las sequías y las heladas suele estar presente, haciendo que uno considere con cuidado qué siembra y cuándo lo siembra. Otra cosa que me llama mucho la atención es la escasez de flora nativa. Mientras que los elevados cerros alrededor de la altiplanicie todavía están cubiertos por el denso manto de los bosques y matorrales nativos, con su variadísima colección de especies, formas, colores y texturas, las partes planas llevan siglos siendo cultivadas de forma muy intensa; prácticamente todos los bosques y matorrales nativos, considerados estorbos o “maleza” inútil, fueron erradicados. Con ellos desaparecieron las orquídeas, las bromelias y helechos, los arbustos y enredaderas de vistosas flores, las comunidades de hongos, casi todas las mariposas, las aves de marañas densas, los mamíferos nativos. Ahora quedan comunidades vegetales y animales de diversidad muy empobrecida, dominadas por plantas exóticas como el pasto kikuyo, los eucaliptos, pinos, cipreses y acacias.

Las primeras plantas nativas

Laurel de cera (Morella parvifolia)
Como no puedo vivir sin llenar mi espacio de plantas nativas, me he propuesto recuperar buena parte de la diversidad nativa de la finca; empezando con el pequeño terreno, encerrado por una tapia, que constituye el jardín de la casa. Cuando llegamos, este jardín, de aproximadamente 900 m2, tenía 9 grandes árboles (pino candelabro y dos especies de eucalipto) y una variedad de árboles frutales medio abandonados (ciruelo, durazno, peral, manzano, feijoa). Desde mi punto de vista, toda planta que ya llegó y está establecida, tiene derecho a existir (a menos que sea un estorbo o amenaza evidente para las actividades que se quieren emprender en el terreno). Desde este punto de vista, la restauración de la flora nativa no consiste en erradicar especies exóticas, como todas las mencionadas atrás. Más bien, consiste en plantar y plantar decenas de ejemplares de especies nativas alrededor de las exóticas, para que las complementen y añadan variedad al conjunto. Con Laura, mi novia, armamos un pequeño vivero y empezamos a buscar semillas y plántulas de toda clase de hierbas, arbustos, arbolitos y trepadoras en los cerros alrededor de Sopó. Así nos aseguramos de conseguir una gran variedad de plantas que los viveros comerciales no cultivan y además con genética silvestre y local. Para completar el conjunto de la flora, compramos en viveros comerciales algunos arbolitos de especies fáciles de adquirir allí y que fueron parte de los antiguos bosques de la altiplanicie: arrayán (Myrcianthes leucoxyla), corono (Xylosma spiculifera), laurel de cera de hoja pequeña (Morella parvifolia), espino (Duranta mutisii), cucharo (Myrsine guianensis). Todas estas plantas han sido plantadas en el terreno alrededor de la casa y van avanzando en su crecimiento.

Datos de biodiversidad

Chupahuevos (Echeveria bicolor)
Cuando llegamos a la casa, hace casi dos años, hice un listado de la vegetación que crecía en el jardín. Resultó un total de 34 especies de plantas vasculares (plantas con semilla y helechos); de estas especies, sólo 9 eran nativas. Entonces me propuse aumentar el número de especies nativas a más de 100. Hace unos pocos días volví a salir a repetir el ejercicio, contando todas las plantas que han crecido solas durante este período así como todas las que hemos plantado de nuestro vivero y de otros viveros. El resultado habla por sí solo: ahora crecen en el jardín 102 especies de plantas, de las cuales 59 son nativas. ¡Vamos avanzando en la recuperación de la biodiversidad! Ahora sigue la interesante labor de ver cómo se comportan todas estas especies con el clima y los suelos locales, cómo van formando una comunidad con las especies exóticas que las rodean, cómo empiezan a reproducirse por sí mismas y cómo atraen a nuevas especies de fauna. La tarea apenas comienza.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Fincas al occidente de la Sabana - Los viejos bosques de clima templado

Vegetación nueva y antigua

Muche o carbonero (Albizia carbonaria)
La franja de clima templado, entre 1000 y 2000 metros de elevación, es una de las que más me gustan. No hace demasiado frío ni demasiado calor, la vegetación es exuberante y está llena de color. La gran humedad del ambiente favorece que los árboles viejos se llenen de matojos y barbas de musgos, helechos, bromeliáceas y orquídeas. ¿Qué más puede pedir un amante de la flora? Sin embargo, con el tiempo, me he dado cuenta que esta franja es también una de las más alteradas desde el punto de vista ambiental. Su clima ideal favoreció su colonización antes que la de otras montañas más altas. Además, allí se dio en forma excelente el cultivo del café, que pronto se convirtió en uno de los principales productos de exportación del país. Los colonos que llegaban hace muchas décadas para establecer sus fincas talaban árboles gigantes para aprovechar su madera y para abrir los terrenos a sus primeros cultivos. Para alimentarse y para proteger a sus animales domésticos, estos colonos también cazaban los grandes mamíferos y aves que se encontraban en la zona. Al ser abiertos los terrenos, llegaron nuevas especies vegetales y animales, al tiempo que las que habitaban el territorio desde tiempos muy antiguos se iban haciendo cada vez más escasas. Todo esto ha despertado mi curiosidad y mi imaginación. Muchas veces me pregunto: ¿Cómo eran los viejos bosques de las zonas cafeteras? ¿Qué árboles tenían? ¿Qué se sentía al caminar dentro de ellos? ¿Qué animales vivían allí?

 

Buscando pistas

Pomarroso (Syzygium jambos) - árbol nativo de Asia
La zona cafetera de nuestra región al occidente de la Sabana de Bogotá se encuentra en los municipios de La Vega y San Francisco. Una caminata por una finca o un sendero en la parte baja de estos municipios nos puede mostrar un paisaje lleno de árboles: aguacates, balsos, candeleros o dragos, carates, carboneros o muches, guanábanos, guayabos, guamos, mangos, pomarrosos y yarumos... Podríamos llegar a pensar que los viejos bosques de esta región estuvieron compuestos por estas mismas especies de árboles creciendo en una densidad mayor que la actual. Sin embargo, un estudio del origen y ecología de estas especies nos muestra que no es así. Varios de estos árboles no son nativos de Colombia y han sido traídos en los últimos siglos por los seres humanos para aprovechar sus frutos comestibles o por su aspecto ornamental; un ejemplo son los mangos y pomarrosos, ambos originarios de Asia. Los indígenas que habitaban el territorio hace miles de años también trajeron plantas de otras partes: es posible que así hayan llegado a la región el aguacate y el guayabo, quizás traídos desde Centroamérica. Descartando las plantas cultivadas asociadas a los humanos, vemos que la mayor parte de los árboles silvestres son especies pioneras de rápido crecimiento, las cuales nacen en abundancia después de que el bosque es talado, pero que no son tan comunes en los bosques maduros; en esta categoría caen, por ejemplo, los balsos, candeleros, carates, carboneros y yarumos. Nuestra lista queda prácticamente eliminada. ¿Cómo descubrimos entonces cuáles eran los árboles de los viejos bosques? Para esto nos sirve una exploración más intensa, buscando los mínimos restos que hayan sobrevivido de bosques maduros, buscando árboles viejos de especies raras, cuyas semillas tengan la capacidad de germinar a la sombra, entre colchones de hojas caídas. Las plántulas de estos árboles adaptados a los viejos bosques pueden crecer por largo tiempo bajo la densa sombra de los árboles adultos, otra característica que nos ayuda a reconocer estas especies. Y para completar, podemos hacer una revisión a lo que se ha alcanzado a registrar en los herbarios y en la literatura. Uniendo todo, aparece la imagen de los antiguos bosques.

 

Un viaje al pasado

Pino romerón (Retrophyllum rospigliosii)
Retrocediendo en el tiempo algunos miles de años, caminamos por el territorio de los actuales municipios de San Francisco y La Vega. A nuestro alrededor sólo vemos selva. Los gruesos troncos se elevan hacia el cielo, donde su follaje bloquea el brillo del sol. Abajo, donde nos encontramos, es el mundo de la extensa sombra, de los brillos ocasionales, de las variadísimas gamas de verde. El suelo es blando, lleno de hojas caídas, que desprenden un agradable olor a descomposición. Aunque la mañana está avanzada y el cielo está despejado, sentimos un ambiente fresco. Gotas de agua del aguacero caído la noche anterior todavía cuelgan de las hojas. Un tronco grandísimo con la corteza que se descascara llama nuestra atención: es un enorme pino romerón (Retrophyllum rospigliosii), el rey de este bosque; alcanza unos 40 metros de altura y su tronco, a la altura de nuestros brazos, mide un metro y medio de diámetro. Más allá vemos otro y luego otro: no tan grandes como el primero, pero de todos modos ya viejos y maduros. Hojas caídas de forma alargada cubren el suelo en un sector del bosque y nos señalan que encima de nosotros tenemos un amarillo (Nectandra lineata). También nos llaman la atención varias pepas grandes, negras y atravesadas de surcos, que reposan sobre las hojas caídas. Son semillas de nogal (Juglans neotropica), otro de los árboles comunes en este bosque.
Flor de cape (Clusia)
Besito (Impatiens walleriana) - planta originaria de África

Nuestra caminata nos revela otra variedad de árboles: cuchillo (Zinowiewia australis), botumbo (Prunus integrifolia), chocho (Ormosia tovarensis), chulo (Calatola costaricensis), chuguacá o mulatón (Hieronyma macrocarpa), caimo o carrán (Pouteria baehniana), coquillo o zapato (Eschweilera bogotensis), amarillo rabo de gallo (Aniba robusta) y cedro (Cedrela odorata). Uno de los árboles más interesantes que encontramos es un hojarasco (Magnolia caricifragrans), el gran magnolio nativo de Cundinamarca. Sobre los troncos más viejos se observan árboles estranguladores como los cauchos o matapalos (Ficus spp.), capes o gaques (Clusia spp.) y el sapá (Coussapoa villosa). Se abre la vista y vemos la montaña del frente, donde relucen los troncos blanquecinos de una comunidad de palmas de cera (Ceroxylon sasaimae). Empezamos a bajar y poco a poco llega a nosotros el rumor del agua en movimiento. Al acercarnos al río pasa frente a nosotros el errático vuelo azul de una gran mariposa morfo. En este sitio bien iluminado a orillas del agua encontramos árboles de rápido crecimiento que ahora nos son más familiares: guamos, carate, carboneros, nacedero, sangregado, etc. Un detalle curioso más: en toda la caminata no vemos ni una sola de esas flores rosadas, moradas, rojizas o blancas que ahora son tan comunes en los cafetales: los besitos (Impatiens walleriana), especie africana que sería traída mucho después por los viajeros europeos.

 

La fauna antigua

Danta (Tapirus terrestris)
En los viejos bosques no eran tan comunes los azulejos, cardenales, canarios, siriríes y otras aves que ahora estamos tan acostumbrados a observar en las fincas de clima templado. Todas éstas son aves asociadas a zonas abiertas, que han prosperado mucho después de que los seres humanos fuimos talando los bosques. Por el contrario, en los bosques antiguos eran más comunes de lo que son ahora muchas aves asociadas a los viejos troncos, a la oscuridad, a las marañas de vegetación: grandes pájaros carpinteros, trepatroncos, furnarios, hormigueros, tororois, reinitas,...Viejos árboles muertos en pie, huecos por dentro, eran el sitio de anidación perfecto para los loros y tucanes de montaña; y la razón por la que estos loros y tucanes desaparecieron de nuestros municipios no fue porque no pudieran adaptarse a los ambientes más abiertos creados por los seres humanos, sino porque los seres humanos prácticamente acabamos con los árboles más viejos y los árboles muertos, dejando a estas grandes aves sin un sitio donde criar. Los antiguos bosques también eran el hogar de muchos mamíferos, incluyendo especies que ahora asociamos con lejanas selvas de clima caliente; en La Vega y San Francisco seguro vivieron jaguares, pumas, dantas, saínos y monos.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Las migratorias del norte

Aves de lejos

Reinita cerúlea (Dendroica cerulea) - Mdf - 2007
En estos días hay un gran movimiento de aves migratorias pasando por Colombia. Son pájaros que vienen volando de muy lejos, desde Estados Unidos y Canadá, huyendo del invierno que ya se avecina. Su presencia en los parques, fincas y jardines es notoria para las personas que observan las aves con algún cuidado. Quienes se han aprendido los pájaros más comunes que viven todo el año a su alrededor (mirlas, copetones, torcazas, cucaracheros, azulejos, siriríes, etc.) notarán que en las últimas semanas ha habido más movimiento en las ramas de los árboles, más variedad de aves de lo común. Algunos de los pájaros que se encuentran son inusuales; no siempre por su tamaño, ni por su color, pues muchas migratorias son pequeñas y de plumajes opacos; simplemente son especiales pues tienen siluetas y patrones distintos a los de las aves con las que estamos acostumbrados a convivir todo el año. Para estas personas que han observado las aves con este detalle, octubre y noviembre son dos meses maravillosos, en los que pueden tener encuentros sorpresivos en cualquier esquina, en los que pueden descubrir por primera vez un nuevo movimiento, una nueva forma, un nuevo color, una especie que nunca antes habían visto. ¡Bienvenidas las aves migratorias!

 

Los detalles de la migración

Reinita gorginaranja (Dendroica fusca) - Mdf - 2005
En Colombia se han registrado hasta el momento cerca de 180 especies de aves migratorias procedentes del norte. Las que llegan más temprano lo hacen desde agosto o septiembre. Algunas se quedan en Colombia durante toda la temporada de migración; otras siguen su viaje más al sur, a los Andes de Ecuador, Perú y Bolivia o a la gran selva amazónica o a las pampas de Argentina o a las costas rocosas del sur del continente. Una vez en su destino, las aves se dedican a descansar y a reponer fuerzas para el año siguiente. En abril o mayo emprenden el viaje de regreso. Las que estaban lejos, muy al sur, vuelven a pasar por Colombia. ¡Por eso abril también es un excelente mes para ver aves migratorias! Recientes investigaciones por medio de tecnología satelital han mostrado que el viaje de las migratorias puede ser más rápido de lo que se pensaba. Aunque un viaje en un solo sentido puede tomarle a un ave varias semanas, incluso un par de meses, se ha descubierto que las aves a menudo aceleran su viaje, especialmente cuando regresan al norte. Una golondrina que está pasando el invierno en Brasil puede regresar a su lugar de cría en Estados Unidos en sólo 13 días. Otros estudios han mostrado que hay algunas aves migratorias que tienen un territorio de cría en Norteamérica al cual siempre regresan; y lo más asombroso: estas aves también tienen un territorio para pasar el invierno en Suramérica y siempre llegan a él. Eso significa que todos los años, en un mismo rincón de un bosque o de un jardín, volveremos a encontrar al mismo individuo de una de estas especies migratorias tan fieles. En fin, si queremos saber más sobre la migración de las aves, podemos visitar el siguiente link del Centro de aves migratorias del Smithsonian National Zoological Park (en inglés):
http://nationalzoo.si.edu/scbi/migratorybirds/fact_sheets/default.cfm?fxsht=9

 

Algunas migratorias

Pato barraquete (Anas discors) - D. Daniels - 2010
Entre las migratorias comunes en nuestras montañas se cuentan varios pajaritos pequeños, cafés, verdosos o grises; algunos de ellos, como el verderón ojirrojo (Vireo olivaceus) saltan y revolotean lenta y deliberadamente por las ramas de los árboles. Otros, como los atrapamoscas Empidonax y Contopus se sientan en una rama, vuelan al aire para atrapar un insecto y regresan a su misma percha. Otras migratorias son más vistosas. Por ejemplo las pirangas o cardenales (Piranga rubra, Piranga olivacea), que son relativamente grandes, de color completamente rojo en los machos de la primera especie y rojo escarlata con alas negras en los machos reproductivos de la segunda especie. Un grupo grande de migratorias es el de las reinitas; son pajaritos pequeños, a veces difíciles de ver porque se la pasan brincando ágilmente por las ramitas más altas de los árboles. La reinita migratoria más común es la gorginaranja (Dendroica fusca). En los cafetales se ve a veces a la vistosa y amenazada reinita cerúlea (Dendroica cerulea). Y hay muchísimas más reinitas, unas negras con blanco, otras predominantemente amarillas, otras verdosas, otras con vistosos parches naranja; en fin, una variedad para simplemente deleitarse con sus diseños o para poner a prueba nuestras habilidades de identificarlas con ayuda de una buena guía de campo. Muchas migratorias son aves acuáticas. A las zonas altas llegan muchas especies de playeros (Scolopacidae), de plumajes moteados de café y con picos y patas muy diversos. También llegan algunos patos; el más común en los humedales de montaña es el pato chisgo o barraquete (Anas discors); en estos últimos años de inundaciones, han llegado miles de ejemplares de esta especie a los humedales de la Sabana de Bogotá.

sábado, 27 de octubre de 2012

Caracoles, babosas y otros moluscos

Moluscos continentales

Caracol Orthalicidae en el bosque andino
Hace un tiempo le he estado dando vueltas a la idea de aprender un poco más sobre ciertos pequeños organismos que viven por todas partes y que, a pesar de su gran importancia para el funcionamiento del mundo, pasan casi desapercibidos ante la mayor parte de nosotros. Estoy hablando de seres como los hongos, los musgos y los moluscos, por poner sólo unos pocos ejemplos (¡y claro, si nos vamos a lo microscópico, podríamos hablar también de los ácaros, las bacterias y aún más hongos!) Pues bueno, las cosas se han dado por el lado de los moluscos. De visita a una de las librerías de la Universidad Nacional encontré un excelente libro que compila todas las especies de caracoles, babosas y bivalvos de agua dulce que se han encontrado hasta el momento en Colombia: “Catálogo de los moluscos continentales de Colombia”, de Edgar Linares y Mónica Vera (no se ilusionen los que buscan fotos e ilustraciones, el libro sólo trae texto científico). Para el aficionado a los moluscos, esta publicación tiene muchos datos de interés. Al igual que en otros grupos de organismos, el país es sumamente rico en babosas, caracoles y bivalvos: son 659 especies las que se han registrado viviendo en nuestros bosques, campos, pantanos, lagunas, ríos y ciudades. Y una vez más, los Andes se muestran como el epicentro de la biodiversidad colombiana: 283 especies son exclusivas de esta región, en comparación con 124 exclusivas de la región Caribe y con 30 exclusivas de la Amazonía.

Algunos moluscos

Helix aspersa - L.M. Bugallo Sánchez, 2006
Uno de los primeros caracoles con los que se encontrarán los habitantes de Bogotá no es nativo de Colombia: se trata del caracol común de jardín (Helix aspersa); esta especie europea fue introducida a Colombia en los años 70 del siglo XX con el fin de cultivarla para la producción de carne (escargot). Algunos caracoles salieron de los cultivos y rápidamente se propagaron; ahora, una simple búsqueda entre las matas de un jardín o a lo largo de un muro, especialmente de noche y en épocas lluviosas, nos puede revelar la presencia de decenas de estos moluscos invasores. Las babosas son otros moluscos que se encuentran con facilidad; en general, éstas no son bien vistas por los jardineros y los horticultores; sin embargo, ellas son, al mismo tiempo, manjares para ranas, sapos, musarañas, aves y muchos otros animales silvestres. Si miramos dentro de algunos estanques, podremos encontrar pequeños caracoles acuáticos, entre ellos especies de la familia Physidae. Y una búsqueda entre la espesa vegetación nativa nos permitirá hallar muchas especies más; especialmente importantes en nuestras montañas son los caracoles de la familia Orthalicidae; decenas de conchas de estos moluscos pueden ser halladas esparcidas en el suelo bajo matorrales secos de clima frío.

Pies, micromoluscos y otras cosas raras

Caracol Physidae deslizándose "boca arriba" sobre la superficie del agua
Un breve repaso a la anatomía y la vida de los moluscos nos muestra cosas muy extrañas. La superficie del cuerpo sobre la que se desplazan los caracoles y babosas es llamada “pie” (de ahí el nombre de gastrópodos – es decir estómago-pie, con el que se los conoce). Estos animales son hermafroditas; aunque poseen los dos sexos, de todas formas buscan un compañero para aparearse; la parte masculina de cada uno de ellos fertiliza a la femenina del otro ejemplar. Y luego, a poner huevos en un sitio protegido y abandonarlos. ¡Ya se criarán solos esos caracolitos! Resulta asombrosa la gran cantidad de caracoles que pasan desapercibidos ante nuestros ojos: muchas especies son micromoluscos, caracoles tan pequeños que apenas miden unos pocos milímetros, incluso cuando son adultos. Rebuscando un poco entre el pasto húmedo, entre el musgo y la hojarasca de un bosque, encontraremos muchos de estos minicaracoles; como tan a menudo sucede, es muy poco lo que sabemos sobre la vida de estos animalitos. Pero estoy seguro que un estudio de los moluscos, con paciencia y cuidado, seguirá aportando datos interesantísimos a nuestro conocimiento del medio natural.

lunes, 15 de octubre de 2012

Fincas al occidente de la Sabana - Biodiversidad, endemismo y especies amenazadas

Municipios con diversidad de países

Chusques, helechos, cucubos, orquídeas,...biodiversidad a la vista
En varios escritos he hecho mención de la gran biodiversidad presente al occidente de la Sabana de Bogotá (municipios de San Francisco, La Vega, El Rosal y Subachoque). Aquí recopilo de nuevo algunos datos interesantes al respecto. La diversidad de estos cuatro municipios, que juntos cubren un área de 570 km2, es, a grandes rasgos, comparable a la de países completos de latitudes templadas. Los estimados de biodiversidad para la región al occidente de la Sabana de Bogotá incluyen cerca de 130 especies de mamíferos, 400 especies de aves y unas 3000 especies de plantas vasculares (plantas con semilla y helechos). A modo de comparación, el Reino Unido, con un área 400 veces mayor, alberga un poco más de 100 especies de mamíferos, casi 600 especies de aves y unas 2300 especies de plantas vasculares. Uruguay, con un área 300 veces mayor, alberga 130 especies de mamíferos, más de 450 especies de aves y unas 2500 especies de plantas vasculares.

 

Especies endémicas

Dendropsophus labialis - Uno de los muchos anfibios endémicos
Entre los animales y plantas más interesantes que se encuentran en la región al occidente de la Sabana de Bogotá se cuentan los endémicos, es decir, los que sólo viven en Colombia y que no se hallan en ningún otro país del mundo. En comparación con toda la diversidad de especies presentes en la región, las endémicas forman un grupo relativamente pequeño. Entre los cientos de animales vertebrados que viven aquí, es posible que no haya más de 30 o 40 especies endémicas (la mayor parte de ellas anfibios, poco estudiados todavía). Entre las plantas vasculares, las endémicas pueden llegar a sumar cerca de 100 especies (poco más del 3% de la flora). En general, aunque se pueden encontrar especies endémicas por todo el rango altitudinal de la región, éstas tienden a ser más diversas hacia las laderas más altas, por encima de 2500 metros de elevación. Entre los pocos mamíferos endémicos presentes en el área destaca el curí silvestre (Cavia anolaimae), muy común en las altas montañas y páramos de Subachoque. Entre las aves destacan tres especies endémicas: el chamicero (Synallaxis subpudica) y dos colibríes, el inca negro (Coeligena prunellei) y la amazilia frentiazul (Amazilia cyanifrons). El anfibio endémico más común y fácil de registrar es la rana Dendropsophus labialis, cuyo croar es uno de los sonidos nocturnos más comunes de las tierras frías. Entre la flora, destacan árboles endémicos como el camargo (Verbesina crassiramea), cedrillo (Brunellia propinqua), chuguacá (Hieronyma rufa), hojarasco (Magnolia caricifragrans), mortiño (Hesperomeles goudotiana), uche (Prunus buxifolia) y yucos (Schefflera bogotensis, S. fontiana); palmas como Aiphanes concinna y la palma de cera de Sasaima (Ceroxylon sasaimae); y 5 especies de frailejones (Espeletia argentea, E. barclayana, E. cayetana, E. grandiflora, Espeletiopsis corymbosa). Algunas de las endémicas más interesantes tienen sus poblaciones principales en la región, a veces sin que se conozcan de ninguna otra parte del país. Entre estas súper-endémicas se encuentran plantas con extrañas flores como la Centropogon pinguis, Centropogon vaughianus, la labiada Scutellaria parrae y la orquídea Lepanthes debedoutii.

 

Especies amenazadas

Scutellaria parrae, especie endémica y amenazada, propia de San Francisco
La región al occidente de la Sabana de Bogotá ha sufrido diversas alteraciones del medio ambiente debido a las actividades humanas. La deforestación ha acabado con la mayor parte de los bosques y esto, sumado a la cacería, ha causado la extinción de los mamíferos más grandes (oso, puma, jaguar, dantas, saínos, etc.) y de varias aves frugívoras de gran tamaño (p. ej. loros) que debieron habitar en la región hasta tiempos históricos. Varias de las especies de fauna y flora que todavía sobreviven han sido catalogadas como amenazadas de extinción. Entre los mamíferos destacan como amenazados el tigrillo (Leopardus tigrinus, VU) y el tinajo o borugo (Cuniculus taczanowskii, NT). Entre las aves, la especie más amenazada es el inca negro (Coeligena prunellei, VU). Entre la flora, han sido catalogados como amenazados árboles maderables como el cedro de clima frío (Cedrela montana, VU), hojarasco (Magnolia caricifragrans, EN), nogal (Juglans neotropica, EN), pino romerón (Retrophyllum rospigliosii, NT) y roble (Quercus humboldtii, VU). También otras especies de flora como la palma de cera de Sasaima (Ceroxylon sasaimae, CR), el frailejón Espeletia cayetana (EN), la labiada Scutellaria parrae (CR) y las orquídeas Masdevallia caudata (EN) y Odontoglossum gloriosum (VU).

 

Zonas para cuidar

Tigrillo (Leopardus tigrinus) - Geigy, 2009
El mayor número de especies amenazadas en la región parece estar concentrado en las vertientes exteriores que miran al occidente, en la franja altitudinal entre 2000 y 2500 m de elevación; en los escasos restos de bosques que quedan en las cañadas y laderas de esta franja es donde se ha hallado al inca negro y casi 30 árboles de bosque maduro que están amenazados a nivel global o local. Por otro lado, la franja más valiosa y viable para la conservación a largo plazo en la región es el extenso corredor de bosques y páramos que persiste en los escarpes altos; este corredor se mantiene intacto en muchas partes y es un hábitat clave para una mayoría de las especies endémicas y para los mamíferos de tamaño mediano que habitan en la región (tigrillo, zorro, cusumbo, comadreja, puercoespín, tinajo, curí, mono nocturno, ardillas, chucha, armadillo y perezoso).

viernes, 12 de octubre de 2012

La utilidad de los helechos, zarzas y otras malezas

Vida de invasoras

Matorral de chusque (Chusquea scandens)
Hay una serie de plantas que por su gran vitalidad y su manera de imponerse en los ecosistemas, son consideradas malezas. Entre estas plantas se cuentan especies nativas como los chusques (Chusquea spp.), el helecho marranero (Pteridium arachnoideum), las zarzas o moras (Rubus spp.) y el bejuco coronillo (Muehlenbeckia tamnifolia); también especies exóticas como el retamo liso (Genista monspessulana) y el retamo espinoso (Ulex europaeus). Finqueros y conservacionistas por igual han considerado a todas estas plantas una especie de plagas que deben ser erradicadas para proteger los potreros y bosques de las fincas, para evitar cambios no controlados en la vegetación, para evitar que los árboles sean cubiertos por el poderoso manto vegetal de esta flora. ¿Realmente son estas malezas una especie de engendro de la naturaleza? ¿Vale la pena luchar contra ellas? ¿Nos hemos preguntado alguna vez qué papel juegan en los ecosistemas, para qué sirven? ¿Conocemos las cosas básicas de su ciclo de vida? Si no tenemos una respuesta a estas preguntas ¿realmente tenemos una base sólida para tomar la decisión de luchar contra ellas?

 

Manejos distintos

Helecho marranero (Pteridium arachnoideum)
Primero dejemos algo claro: una cosa es erradicar el helecho marranero de los potreros, donde está demostrado que su consumo causa hematuria en el ganado, un mal que se manifiesta por la presencia de sangre en la orina; otra cosa completamente distinta es pretender erradicar al mismo helecho de una zona de conservación o recuperación ambiental, donde no hay pastoreo de animales. Una finca ideal tiene dos tipos de zonas: las de producción y las de conservación. Cada una de estas zonas debe recibir un manejo propio y especial. Las reglas que se aplican a las zonas productivas (como erradicar los helechos) no se deben aplicar a las zonas de conservación. Y viceversa: si reconocemos que los helechos hacen parte de la vegetación nativa y los dejamos crecer en las zonas de conservación, eso no significa que debamos dejar que prosperen también en las zonas productoras de la finca. Una buena parte de la confusión que ha reinado en nuestro manejo de las fincas, los ecosistemas y las malezas radica en que por años hemos empleado manejos sacados de la experiencia agropecuaria para aplicarlos a las zonas de conservación. Y, por otro lado, los conservacionistas más extremos pueden llegar a creer que “hay que dejar que todo crezca” en todas partes, lo cual tampoco va a dar un buen funcionamiento. En resumen, cada cosa en su sitio. Y...¿tienen entonces un sitio los helechos y demás malezas?

 

La necesidad de luz

Interior del matorral de chusque
Un primer acercamiento a la vida de estas malezas: todas estas especies son plantas con altos requerimientos de luz, propias de ambientes abiertos y de las primeras etapas de la regeneración natural de un bosque. Si se deja un potrero o una zona cultivada abandonados a sí mismos y se inicia la regeneración natural de la vegetación, las plantas de crecimiento más agresivo ocuparán muchos lugares por varias décadas; pero, con el tiempo, ellas mismas hacen mucha sombra; sus semillas no pueden seguir germinando bien en la oscuridad que crea la densa capa vegetal que ellas mismas forman. Árboles y arbustos mejor adaptados a crecer en condiciones de oscuridad van ocupando poco a poco, década tras década, el sitio de las malezas. Finalmente, quizás tras 30, 50 o 70 años, las malezas envejecen y mueren, dejando su espacio para que lo cierren los árboles del nuevo bosque. Los árboles y arbustos del bosque maduro tienen la capacidad de regenerarse en la sombra y la hojarasca que ellos mismos crean; las malezas no tienen esta capacidad. Por eso, cuando se entra al interior de un viejo bosque maduro, lejos de corrientes de agua y de otras zonas de disturbio natural, casi no se encuentran malezas; y si alguna aparece, se ve a las claras que es un solo ejemplar, nacido quizás en un claro del bosque, sin mayores posibilidades de expansión...a menos que, por alguna razón, el bosque sea abierto...

 

Malezas y aves

Arañero (Basileuterus nigrocristatus) - M. Woodruff, 2007
Más datos interesantes aparecen al estudiar la vida de las malezas. Para empezar, hay toda una comunidad de aves de sotobosque que prefieren los sitios cubiertos con malezas altas, que les ofrecen más recursos que el propio bosque. Los matorrales jóvenes, llenos de chusques, zarzas, helechos y enredaderas, albergan una gran abundancia de insectos, los cuales son el alimento de aves como reinitas, gorriones de bosque, tororois, tapaculos, atrapamoscas, cucaracheros y muchísimas otras aves de matorral. Estas tímidas aves, que nunca se atreverían a reproducirse al descubierto ni entre los ordenados árboles de un jardín, ocultan sus nidos en la maraña de vegetación formada por las malezas. O sea, las malezas les ofrecen a estas aves algo que otros ambientes no tienen en tanta abundancia: comida y refugio.

 

Malezas y otros animales

Una de las mariposas del chusque - la Lasiophila prosymna
Las relaciones van más allá y se extienden a otros grupos de organismos: las zarzas espinosas forman un refugio ideal para que conejos, curíes y otros mamíferos silvestres se oculten cuando los persigue un perro u otro depredador (con este fin han sido plantadas, en forma muy adecuada, en sitios como el humedal de La Conejera). Los chusques son las plantas más importantes para las mariposas de clima frío: en muchas fincas, el 40% de las especies de mariposas sólo comen hojas de chusque cuando son orugas. El helecho marranero es una excelente planta nodriza para algunos árboles que necesitan sombra (mis primeros encenillos cultivados en Subachoque fueron 50 plántulas recogidas debajo de un helechal). Y el bejuco coronillo produce tantos frutos como el mejor de los frutales silvestres: cotingas, clarineros, torcazas y otras aves de bosque se aglomeran sobre los bejucos en floración para comer su cosecha. Es cierto que las malezas se pueden tragar algunos pedazos de la finca, varios árboles enteros. Pero también podemos preguntarnos: ¿esas malezas le aprovechan a algunos seres? ¿Queremos formar bosques artificiales sin una sola enredadera o más bien queremos ambientes llenos de fauna silvestre?

 

Las especies exóticas

Retamo (Genista monspessulana)
Las malezas que no son nativas de Colombia también nos ofrecen un espacio para reflexionar. A pesar de que las especies invasoras son consideradas una amenaza para la biodiversidad en todo el mundo, en su concepción y manejo han predominado más la prisa, el temor y las observaciones parciales. Un buen ejemplo de malezas invasoras lo ofrecen el retamo liso y el retamo espinoso, ambos arbustos exóticos de origen europeo. Traídos a Colombia de manera intencional, como plantas para formar setos y jardines, se han salido de control y ahora crecen en forma silvestre en muchas montañas. Al igual que todas las pioneras nativas, estas dos especies aman la luz y los disturbios en la vegetación; las quemas y muchos de los intentos por erradicarlas no hacen sino favorecer su propagación: pues son disturbios que dejan los terrenos abiertos, ambientes ideales para la germinación de sus semillas. Sin embargo, no hay que pasar por alto que estas plantas, incluso aquí en Colombia, terminan por ocupar un lugar en los nuevos ecosistemas, lugar donde cumplen con las reglas y la función que les ha tocado representar en la naturaleza. Y es muy interesante ver cómo las especies nativas se integran a estas malezas exóticas. En Monserrate (en los Cerros Orientales de Bogotá) donde siglos de tala de árboles, quemas y destrucción de la vegetación han erradicado buena parte de la flora nativa, las aves de los cerros se han adaptado a vivir entre el matorral formado por retamos. Las densas marañas de las plantas introducidas, entremezcladas con altos eucaliptos, forman un hábitat adecuado para el chamicero endémico (Synallaxis subpudica), para el casi endémico conirostro (Conirostrum rufum) y para el amenazado colibrí Eriocnemis cupreoventris. Si, en vez de todas estas malezas exóticas formadoras de matorrales, hubiera allí sólo potreros, ninguna de estas aves podría sobrevivir. ¿Tienen alguna utilidad las exóticas? Nos queda la reflexión...

domingo, 30 de septiembre de 2012

Mariposas de cristal

La bandada en la sombra

Greta andromica - una de las mariposas de cristal
Hace poco me encontraba recorriendo una hermosa finca en la franja cafetera de Cundinamarca; las copas de los árboles atrapaban casi todo el brillante sol, dejando pasar sólo unos pocos rayos hasta el piso del bosque. La fresca sombra ofrecía un ambiente agradable para caminar y observar plantas, mi trabajo en ese momento. De pronto, en un rincón del bosque, asustadas por mi movimiento, se levantaron volando decenas de mariposas de alas transparentes; aleteando débilmente a baja altura, se fueron posando de nuevo sobre las hojas del sotobosque. Hacía tiempo no veía estas mariposas y nunca antes había visto tantas juntas. Fue un breve momento de magia en el bosque, que me trajo a la mente cada una de las veces que he encontrado estas mariposas en distintas partes del país.

 

Rayas y transparencias

Greta cf. depauperata en la sombra del sotobosque
Las mariposas de cristal pertenecen a un grupo de lepidópteros conocido como los itominos. Son mariposas propias del Nuevo Mundo, desde México hasta Argentina. Casi todas ellas son habitantes de los bosques, ambientes a los cuales están magníficamente adaptadas. Muchos itominos ostentan diseños de “rayas de tigre”, es decir rayas negras sobre fondo anaranjado; estos vivos colores son reconocidos por las aves del bosque, que saben del mal sabor que anuncian. Con su dieta de orugas, los itominos acumulan alcaloides en su cuerpo que los hacen incomestibles y que pasan al insecto adulto. Por eso las mariposas de este grupo vuelan tranquilamente por el bosque, sin la preocupación de ser atacadas. Los itominos de “alas de cristal” también tienen mal sabor pero además poseen un camuflaje excelente. En el juego de luces y sombras del bosque, resultan poco visibles, incluso cuando están volando.

 

Cómo llamar a las mariposas de cristal

Hábitat boscoso y variado de las mariposas de cristal
Si se vive en una finca en clima caliente o templado y se quiere tener mariposas de cristal viviendo en los alrededores, hay que favorecer que tengan un ambiente adecuado. A diferencia de otras mariposas que aman el sol y vuelan por los jardines, a las mariposas de cristal no les gusta estar expuestas y evitan los jardines abiertos. Si no se tiene un bosque, hay que plantar uno para ellas. Árboles de rápido crecimiento como carates (Vismia), yarumos (Cecropia), carboneros (Albizia), guamos (Inga), tunos (Miconia) y dragos o candeleros (Croton), plantados en forma densa, mezclados con otras especies, cerrarán un potrero en pocos años, creando sombra, eliminando el pasto del suelo y reemplazándolo con un colchón de hojas muertas; es importante no cortar los arbustos del sotobosque, que proveen perchas en forma de follaje y alimento en forma de flores. Así queda creada la mitad del hábitat de las mariposas de cristal. Ahora falta la mitad más importante: las mariposas de cristal sólo crían donde hay ciertos arbustos de la familia de las solanáceas, entre ellos los tintos o caballeros de la noche (Cestrum), tomatillos o cucubos (Solanum) y especies de Brunfelsia. Es necesario que en el nuevo bosque haya claros donde estos arbustos crezcan y le den alimento a las orugas de estas mariposas. Si todas las condiciones están dadas, las mariposas de cristal llegarán a la finca y se quedarán a vivir en ella, llenando con su magia los espacios sombreados.


Brunfelsia grandiflora

Cucubo o tomatillo (Solanum)

domingo, 23 de septiembre de 2012

Fincas al occidente de la Sabana - El cuchillo

El escurridizo cuchillo

Cuchillo (Zinowiewia australis) en San Francisco
El municipio de San Francisco, con su gran diversidad de climas, puede llegar a albergar más de 300 especies de especies de árboles nativos. Luego de años de caminatas y de observaciones por las cordilleras colombianas, gran parte de estos árboles me resultan familiares. Lo que tengo ahora es una lista mental de “los más buscados”, donde aparecen algunas de las especies que nunca he visto y que más me gustaría conocer en persona. Uno de estos árboles más buscados es el cuchillo (Zinowiewia australis). Cuchillo...un nombre duro, pareciera un alias sacado de la primera plana de un periódico. ¡Y también parece tan escurridizo como los criminales mencionados en los periódicos! El cuchillo es un árbol raro: en el excelente libro “Vegetación del territorio CAR”, el dendrólogo Gilberto Mahecha menciona que ha encontrado el cuchillo en el municipio de Pacho y que “la probabilidad de encontrar otros individuos en la región es escasa”. Por esta razón, yo no guardaba muchas esperanzas de conocerlo, hasta que empecé a oír reportes de su presencia en San Francisco.

 

El primer encuentro

Hojas de cuchillo con sus venas escasas y poco visibles
Camilo Campos y Camilo Cuéllar, ambos propietarios de hermosas fincas en el municipio, me llevaron a conocer el árbol que allí llamaban cuchillo. Luego de una corta caminata por la finca Zoque, llegamos a los árboles... ¡y qué árboles! Se trataba de cuchillos muy viejos, posiblemente centenarios, de unos 20 a 25 metros de altura y troncos de más de 50 cm de diámetro. La base del tronco estaba labrada de manera muy particular, con pequeñas raíces tablares o aletones. Uno de los ejemplares ostentaba un gran agujero en la base del tronco, un indicio más de su avanzada edad. Al mirar el follaje, pude ver sus hojas pequeñas, opuestas, con las venas escasas y poco marcadas. Y de pronto me di cuenta: ¡ya había visto cuchillos antes! Los había observado, pero no había logrado identificarlos, en las fincas Chulajuán y El Silencio, situadas en la parte alta de San Francisco.

 

La conservación del cuchillo

Ramitas de cuchillo mostrando sus hojas opuestas
Ahora sabemos que el cuchillo está presente en varias fincas del municipio de San Francisco, en un rango altitudinal que va por lo menos desde 1700 m hasta 2700 m sobre el nivel del mar. El cuchillo tiene todas las características que pueden hacer de él una especie amenazada, al menos a nivel local: es un árbol de lento crecimiento, su madera es dura y sus semillas sólo germinan entre la sombra y la hojarasca del bosque, no a la luz de los potreros. Es un árbol del antiguo bosque maduro, en una región que ha sido deforestada y convertida en potreros donde resta algo de vegetación nativa secundaria. En San Francisco, el cuchillo comparte su situación de amenaza global o local con cerca de 30 especies de árboles, todos ellos también parte de los antiguos bosques subandinos y andinos que cubrieron la región. En la finca donde lo descubrimos, los árboles van a ser protegidos y muestran abundante regeneración a la sombra de otras especies. En cercanías de los árboles adultos, encontramos cientos de plántulas, las cuales, bien cuidadas, van a contribuir a aumentar el número de cuchillos en el sitio; algunas de ellas también pueden ser trasplantadas y usadas para repoblar otros bosques vecinos que están protegidos por sus propietarios y que les ofrecen un buen hábitat. Con un buen cuidado y protección, tendremos cuchillos para rato.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Bosques secos en el altiplano

La ilusión de humedad

Bosque seco de clima frío - Tabio, Cundinamarca
Resulta muy interesante mirar en los mapas del clima y de la vegetación de Colombia cuáles son las zonas más secas del país. Entre estas zonas secas aparece la Guajira y otras áreas de la región Caribe; también valles interandinos como los del alto Cauca y alto Magdalena. Ninguna sorpresa hasta ahora. ¿Y qué más encontramos? ¿Cuáles son las otras regiones secas de Colombia? Nada más ni nada menos que las elevadas montañas del sur del país (Nariño). Y los alrededores de Bogotá y Tunja. Muchas personas se sorprenden al oír que la Sabana de Bogotá está situada en una región seca. ¿Cómo puede ser seca, si llueve a cada rato, si es tan verde? La verdad es que, aunque el cielo a menudo esté nublado, aunque haya temporadas muy lluviosas, éstas son seguidas luego por temporadas y años donde falta el agua. La precipitación promedio en el sur de la capital y en muchos municipios de la Sabana es de apenas unos 600 a 800 mm al año, lo suficiente para que la vegetación crezca hasta formar bosques bajos y densos, pero no para que esta vegetación califique de húmeda. Parte de la impresión de humedad que causa el altiplano cundiboyacense se debe a que éste ha sido llenado de plantas exóticas traídas de otras partes del mundo. Así, el verde pasto kikuyo, originario de África, ha reemplazado a las macollas amarillentas de los pastos nativos. Los altos eucaliptos, acacias, pinos y urapanes, importados de países como Australia, México y China, nos hacen olvidar que los bosques nativos originales a menudo no eran más que matorrales densos y espinosos, muy bien adaptados a las heladas y las sequías.

 

Una vegetación incomprendida

Hojas gruesas y pequeñas del mortiño (Hesperomeles goudotiana)
Los bosques secos de clima frío han sido menos publicitados que otros ecosistemas colombianos como los páramos y los bosques de niebla. Esto ha hecho que, a pesar de que crezcan a nuestro lado, sean poco conocidos y comprendidos por el público en general. Muchas personas no ven en ellos más que una especie de “maleza” opaca, una vegetación subdesarrollada y deforme. No se reconocen sus especies únicas, ni su singular adaptación milenaria a la dureza del clima del altiplano. Incluso los amantes de los árboles nativos, soñando con brumosos bosques de niebla, con árboles elevados, con follajes exuberantes, desconocen esta vegetación que crece a su alrededor y tratan de reemplazarla con yarumos, sangregados, sietecueros y otros árboles propios de bosques más húmedos (muchos de los cuales, claro está, mueren con la primera helada). Así, no es de extrañar que los bosques secos de clima frío sean cada vez más escasos y tengan que replegarse a las laderas más retiradas de las montañas.

 

Plantas y animales especiales

Cactus de clima frío (Wigginsia vorweckiana)
Cuando se recorren los bosques secos que pueblan los cerros de Chía, Tenjo, Sopó, Suesca, Chiquinquirá, Villa de Leyva y otros municipios del altiplano cundiboyacense se descubren muchas similitudes en su flora. Los bosques secos de la cordillera Oriental están poblados por muchas plantas que crecen en ellos de manera preferencial o exclusiva. Algunas de las plantas más típicas de estos bosques son el corono (Xylosma spiculifera) y el arrayán (Myrcianthes leucoxyla), ambos especies que se extienden hasta los Andes de Venezuela. También hay numerosas especies endémicas como el tuno esmeraldo (Miconia squamulosa), mortiño (Hesperomeles goudotiana), gurrumay (Condalia thomasiana), uche (Prunus buxifolia), tominejero (Palicourea lineariflora), cardón (Puya bicolor), cabezona (Calea peruviana), carrasposo (Chromolaena bullata) y varias especies de salvias (Salvia amethystina, Salvia bogotensis, etc.) En algunas de las regiones más secas crecen cactus como Opuntia schumannii y Wigginsia vorweckiana. Entre los árboles más grandes del bosque seco de clima frío se cuentan los robles (Quercus humboldtii), que se desarrollan en partes de Boyacá; y los cedros (Cedrela montana) que son más típicos de Cundinamarca.
La rana endémica Dendropsophus labialis

Los bosques secos del altiplano también albergan su fauna particular. Entre las especies endémicas que podemos encontrar en ellos se cuentan el chamicero (Synallaxis subpudica), pequeña ave con la cola larga y puntiaguda y el plumaje opaco. También se encuentran aquí la rana Dendropsophus labialis y la inofensiva serpiente tierrera (Atractus crassicaudatus).

domingo, 26 de agosto de 2012

La diversidad del piedemonte andino

Calor y humedad

Bosque a orillas del río Claro, San Francisco, Antioquia
Los Andes no son solamente grandes elevaciones. Una buena parte de la diversidad de las cordilleras se encuentra concentrada en la base de las montañas. Aquí las temperaturas son calientes y suele haber un clima muy húmedo – en varios lugares las precipitaciones alcanzan e incluso superan los 4000 mm por año. Todo esto favorece un gran desarrollo de la vegetación. Los árboles son elevados y sus ramas suelen estar cargadas de orquídeas, helechos, bromeliáceas y otras plantas epífitas. Los barrancos a orillas de los caminos están cubiertos con densas matas de vegetación colgante y aparecen salpicados con las flores más variadas, coloridas y extrañas que se pueda imaginar.

 

El piedemonte en Antioquia

Restos de bosques en el Oriente antioqueño
El vistoso fruto de ojo de paloma (Margaritaria nobilis)
Un excelente ejemplo de la riqueza en biodiversidad del piedemonte andino se puede ver en el Oriente antioqueño. Aquí, en la base oriental de la cordillera Central, por debajo de 1000 metros sobre el nivel del mar, en áreas de los municipios de Cocorná, San Luis, San Francisco, Sonsón, San Carlos, Argelia y Nariño, entre otros, pueden encontrarse cerca de 2000 especies de plantas vasculares (helechos y plantas con semillas) y más de 300 especies de aves. Sorprenden las cifras de endemismo. En la región hay registros de cinco especies de aves endémicas de Colombia: el paujil piquiazul (Crax alberti), torito dorsiblanco (Capito hypoleucus), carpintero bonito (Melanerpes pulcher), atrapamoscas antioqueño (Phylloscartes lanyoni) y habia ceniza (Habia gutturalis). Otros vertebrados endémicos presentes en el área son el tití gris (Saguinus leucopus), mono araña o marimonda (Ateles hybridus) y los peces pataló (Ichthyoelephas longirostris) y bocachico (Prochilodus magdalenae). En la flora se conocen cerca de 40 especies endémicas exclusivas de esta región o que, como máximo, se extienden a otras regiones vecinas del departamento de Antioquia, sin que haya registros de otras áreas del país. Entre estas especies endémicas se cuentan árboles como el yumbé (Caryodaphnopsis cogolloi), laureles (Licaria clarensis, Rhodostemonodaphne antioquensis), mamoncillo silvestre (Melicoccus antioquensis) y diversos anones de monte (Cremastosperma magdalenae, Cymbopetalus sanchezii, Duguetia colombiana, Pseudoxandra sclerocarpa). Trepadoras como la Mandevilla antioquiana. Arbustos como la Aphelandra tetroicia. Palmas como la Aiphanes leiostachys. Orquídeas como Epidendrum mutisii y Masdevallia pescadoensis. Y hierbas con hermosas flores como la Pitcairnia fluvialis, Cremospermopsis parviflora, Gasteranthus anomalus, Nautilocalyx antioquensis y Nautilocalyx bracteatus.

 

Los antiguos bosques

Hoja de yumbé (Caryodaphnopsis cogolloi), especie endémica
El Oriente antioqueño es una de las regiones con mayor tasa de deforestación en el país. De seguir el ritmo actual, en tan sólo unas pocas décadas, la región carecerá casi por completo de bosques. La mayor parte de los bosques que sobreviven son bosques secundarios, donde se han extraído los árboles más grandes y las maderas más valiosas. Sin embargo, todavía quedan árboles aislados y restos de vegetación madura que permiten reconstruir lo que fueron los antiguos bosques del Oriente antioqueño. En su composición, estos bosques no difieren mucho de los bosques maduros de Centroamérica, el Chocó y la Amazonía. La familia dominante de árboles son las leguminosas, con especies como el bálsamo (Myroxylon balsamum), sapán (Clatothropis brunnea), tamarindos de monte (Dialium guianense, Uribea tamarindoides), amargo (Vatairea sp.), lomo de caimán (Platypodium elegans) y trébol (Platymiscium pinnatum). También abundan las moráceas, lecitidáceas, sapotáceas, lauráceas, palmas y otras familias típicas de los bosques húmedos tropicales, con especies como los guáimaros (Brosimum alicastrum, Brosimum utile), verruga de pisco (Clarisia racemosa), caimos o mediacaros (Pouteria glomerata, P. guianensis, P. multiflora, P. subrotata, P. torta), abarco (Cariniana pyriformis), y varias especies de ollas de mono o cocos cristal (Couratari guianensis, Eschweilera antioquensis, E. coriacea, E. pittieri, E. sessilis, Lecythis ampla).

 

El cañón del río Claro

Tigrillo (Leopardus pardalis) - Danleo, 2006
En la región se encuentra la Reserva Natural Cañón del Río Claro, que protege 450 hectáreas de bosques. Las investigaciones de Álvaro Cogollo, director del Jardín Botánico de Medellín, y otras posteriores han mostrado que en el área de la reserva se encuentran casi 1000 especies de plantas. En esta reserva se han realizado decenas de nuevos registros de flora para el país, muchos de ellos correspondientes a especies nuevas para la ciencia. La reserva alberga una variedad de fauna, incluyendo nutrias, monos, tigrillos, guaguas, babillas y otros animales típicos de las selvas neotropicales. En fin, dado el estado de la región, la reserva constituye un verdadero tesoro, un sitio de máxima importancia para la conservación en el piedemonte andino.

sábado, 11 de agosto de 2012

Fincas al occidente de la Sabana – Las orquídeas

Diversidad en números

Masdevallia coriacea - Extrañas flores, como es usual en la familia
Las orquídeas constituyen una de las familias más fascinantes y diversas en el mundo vegetal al occidente de la Sabana de Bogotá. Se puede estimar que al menos una de cada diez especies de plantas que pueblan esta región es una orquídea. De modo que en el área podría haber entre 300 y 400 especies de esta familia botánica. La diversidad también se puede medir por finca. Unas pocas hectáreas de bosque bien conservado en Subachoque pueden albergar cerca de 40 especies de orquídeas. Y aún más especies aparecen en los húmedos bosques nublados de San Francisco; en la finca La Nube, situada en la parte alta del municipio, el orquideólogo Ramón de Bedout ha hallado hasta ahora más de 80 especies. Una de ellas resultó ser una especie nueva, la Lepanthes debedoutii, especie endémica hasta ahora sólo conocida en el mundo por un solo ejemplar procedente de La Nube.
 

La lentitud de las orquídeas

Cyrtochilum densiflorum, especie común en los matorrales de la Sabana
En su velocidad de crecimiento y longevidad, las orquídeas se asemejan más a los árboles que a otras hierbas. De las miles de semillas que hay en un solo fruto de orquídea quizás sólo unas pocas lleguen alguna vez a germinar y a producir plantas adultas. Una vez germinadas las semillas, pueden transcurrir 10 o 20 años antes de que la mayor parte de las orquídeas produzcan su primera flor. A cambio de esta dificultad y lentitud en su reproducción, las orquídeas suelen tener una gran longevidad. Hasta ahora no se conoce con exactitud cuánto pueden vivir la mayoría de las especies, pero se sabe que muchas de ellas, especialmente las más grandes, pueden superar sin ningún problema un siglo de edad. Es más común que las orquídeas mueran por falta de luz al caer el árbol sobre el cual crecen, a que mueran de “muerte natural”, secándose en pie sobre la rama o tronco al cual están agarradas. 

Orquídeas endémicas y amenazadas

Masdevallia caudata - una de las orquídeas más amenazadas del área
Precisamente a causa de su especialización y de la lentitud con la que crecen, una buena parte de las orquídeas están amenazadas de extinción a nivel global o local. La mayor diversidad de orquídeas vive en bosques maduros bien conservados, de varios siglos de edad. Y este tipo de bosques ya son raros en la actualidad. Casi todos los bosques que quedan en las fincas son bosques secundarios jóvenes y perturbados, donde las orquídeas son menos frecuentes. También está el problema de los “amantes de las orquídeas” que sacan estas plantas de su hábitat natural para llevarlas a jardines y colecciones. En términos de la velocidad a la que crecen estas plantas y de la velocidad a la que se reponen sus poblaciones, sacar orquídeas de su bosque nativo puede ser tan dañino para estas especies como lo es la tala para las especies leñosas que viven en el bosque.